miércoles, 28 de julio de 2010

Día 2 - El final español

Escribo este día una jornada tarde, por lo que contaré a continuación.
Salimos de Puente la Reina y justo al salir del pueblo, había un Mortirolo cualquiera, imposible de subir montado en la bici. Estaba casi llegando al final, y un hombre que recogía la basura del Camino, me ayudó empujando el sillín, y ni siquiera le dije que no lo hiciera, porque es que no podía ya ni arrastrarla.

El terreno de esa mañana era duro, repleto de sube y bajas, y con los caminos llenos de piedra, por lo que en muchos era imposible escalarlos a lo Chava.
Recuerdo que llegamos a un camino que tenía un lado más alto que otro, y no se podía ir abajo así fácilmente. Unas chicas se pararon para dejarnos pasar, pese a que les decíamos que no hacía falta. El caso es que una era preciosa, un ángel. Eran extranjeras creo...


Así seguimos, pero avanzando muy poco y muy mal, con mi compañero dormilón descolgándose todo el rato. Paramos a desayunar en Lorca, y me tomé un bocadillo de queso y un cortadito. Yo iba muy fuerte, no sé si fue el café o qué.
Comimos en Azqueta, que era un pueblo horrible, en el que la sombra brillaba por su ausencia. Allí nos dieron un plato combinado, que por cierto era bastante escasito. Al acabar hablamos un rato con el marido de la dueña, estuvo bien.
Después fuimos a tirarnos a algún verde, pero habíamos llegado a un lugar donde el rey era el sol. No había un sólo árbol. Lo máximo que se levantaba del suelo eran viñas. Por fin conseguimos llegar a un pueblo más normal, y Snorlax se fue... ¡A un banco! La indignación corría por mis venas, y decidí tomar el mando y nos fuimos al cobijo de un árbol.
Estuvimos un buen rato ahí, pero el sol causaba estragos sin importarle la hora, así que al final salimos.


Una travesía por el desierto. Incluso, una pareja de italianos, de unos 40 o 50 años, nos hicieron señas desde lejos. Estaban en el único árbol en yo no sé cuántos kilómetros a la redonda, y nos pidieron agua. Les rellené la botella, no sin advertirles de que estaba caliente, y seguimos nuestro viaje. Como 500 metros después nos pidieron fuego, pero eso ya sí que no teníamos, además de ser irónico dado el calor que hacía.


Al final llegamos a un pueblito, y paramos en un parque que había una fuente. Yo iba ahí tocadísimo, me dio un pequeño corte de digestión creo, y claro, entre eso y las cuestas estaba un poco de mala leche. Perezoso también iba regular, y le di unos croissants de chocolate de avituallamiento. Un señor nos estuvo hablando, recomendándonos, y charlando de todo un poco, muy simpático, un crack. Nos dijo que fuésemos por la carretera pero yo no quise. La verdad es que hasta me dio cierta pena dejarle ahí solo, espero que le esperase alguien en casa.
Y por fin llegamos a Viana, y lo hicimos apurados para ver el partido. Rápidamente me duché, y fui a una pantalla gigante donde lo ponían. Para la segunda parte nos fuimos a cenar, y ahí fue cuando marcó Puyol el Puyolazo. Estaba lleno de alemanes aquello, y yo gritando gol y agitando los puños como un auténtico loco. Sufrí un poquito, pero a la final que fuimos. Nos invitaron a champán, charle con un grupo de detrás, y una alemana nos deseó suerte para la final. Luego nos fuimos al albergue que ya estaba cerrado casi, y cuando llegamos a la habitación había un individuo roncando muchísimo. Creo que era italiano, y aunque no estoy seguro, a partir de ahí siempre nos referiríamos a él así, como el italiano de los ronquidos. Bajé al piso de abajo para hablar por teléfono, y de repente empecé a escuchar el timbre. Era un señor mayor, que decía "tú me conoces, ¿verdad?" sin parar, y que se decía creer una figura famosa en el mundo entero, y una chavala francesa de buen ver, que había llegado tarde. Cuando al final entró la francesa me dijo que no comprendía nada de lo que le decía aquel hombre. El caso es que me dijo que gracias y que ya se creía que dormía fuera y lo típico...
Después, volví a la habitación, y el italiano parecía que se iba a morir en cada ronquido. Era una barbaridad aquello, un auténtico escándalo. No podíamos dormir entre eso y el tremendo calor, y nos dimos una vuelta por el albergue. Por cierto, era un albergue bastante malo, y encima costaba seis euros. De hecho el piso de abajo, que era un comedor, cocina y tal no estaba mal, pero tanto habitaciones como baño patéticos. Baño cutre, una sola ducha creo, literas triples con poco espacio...
Finalmente conseguí dormirme, y pese a todo estaba muy contento, porque España estaba en la final.

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