Estaba tumbado en la arena. El sonido del mar le atraía, como atrae la cima de un puerto a un ciclista, lento pero seguro. Allí, en la orilla de Ondarreta, todo era perfecto, todo era distinto. Incluso el mar era más bonito que en ningún otro sitio. Desde allí podía ver la bahía, desde los blanquiazules toldos hasta el acuario, el viejo tiovivo, los gabarrones, la isla. Se incorporó con una sonrisa en el rostro, una sonrisa de quien se sabe afortunado. Cerró de nuevo los ojos, sólo durante un instante, y salió de la arena para coger su bicicleta.
Solía hacer eso de vez en cuando. Parar el mundo y pensar en todo lo que tenía. En especial los días de partido, al volver de Anoeta, cuando se hacía de noche, cuando la ciudad se convertía en una preciosa sintonía de luces y paseos. Después, subido a su bicicleta, pedaleaba alegremente hasta Igeldo, donde le esperaba el calor del hogar en una pequeña villa con imponentes vistas. Su habitación favorita era el pequeño despacho, con vistas a la bahía, repleta de toda su colección de libros, películas y discos. Las estanterías inundaban las paredes, mostrando orgullosas a Charles Dickens, Luca de Tena, Salvar al Soldado Ryan o aquellos viejos vinilos de los Dire Straits que una vez consiguió en un viaje a New York.
Abrió la puertecilla del jardín. Como siempre, Nana fue la primera en recibirle. Aquel majestuoso San Bernardo con el que muchas mañanas salía a correr llegando hasta el Paseo Nuevo incluso. Le lamió la mano cariñosa y agitó la cola feliz.
Otras mañanas, cuando no salía a correr, o después del trabajo, recogía su tabla y se iba a La Zurriola a coger olas. Había aprendido a hacer surf en Hossegor, en un verano en casa de su hermano. En aquel precioso paraje, en su infinita playa que advertía a los visitantes con señales de "Only Surfers" o aquel que con un dibujito mostraba que estaba prohibido bañarse, sólo surfistas, dio sus primeros pasos encima de una gigantesca tabla de principiante.
Hossegor era uno de sus destinos favoritos. Había visitado muchos otros lugares bonitos, pero tenía un encanto especial. Quizá no le había impresionado tanto como la Plaza Roja en Moscú, o no era tan acogedor como Roma o Londres, tan moderno y tecnológico como Tokio, tan soleado como California... pero aun así, tenía ese algo especial e indefinible que en ocasiones sentimos por alguna cosa, por algún lugar.
Dentro de la casa, lo mejor era siempre el abrazo de la pequeña Celia. Corría todo el pasillo, y de un salto se colgaba de su cuello. Luego, tampoco se quedaba atrás el beso de ella, que estaba sentada leyendo. Algunas veces, cuando llegaba tarde, entraba despacito en la habitación, como una niña se adentra, descalza, sin hacer apenas un ruido, las besaba en la frente, y se sentaba un rato en el despacho, a leer una novela o a escuchar en sus auriculares los guitarreos de Mark Knopfler a todo volumen.
Era todo tan perfecto que casi no se lo creía. En breve nacería su segundo hijo. Llevaría una pequeña camiseta de Jordan a los entrenamientos de baloncesto y algún día, jugaría con el hijo de Tiago Splitter en el Baskonia. Era, sin lugar a dudas, la demostración, en esta maravillosa vida, de cómo todo es posible.
1 comentario:
Quién sabe si cuando toque el post número 2000 todo eso se ha hecho realidad.
Me ha gustado.
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