Sábado. Ocho y cuarto de la tarde, o más bien, ya de la noche. Cinco valientes se presentan en el pabellón, ataviados con camisetas viejas y sonrojantes. El partido comienza con el salto inicial y reciben una canasta que les hace temerse lo peor, puesto que la segunda parte será con cuatro jugadores.
Pero no hay tanto que temer. Los balones me llegan y anoto dos o tres canastas consecutivas, incluso una en posiciones de pívot aprovechando el espacio creado por el pívot real. El partido es disputado, los triples de nuestro especialista no entran, pero los contraataques salen y los tiros de dos entran.
Para la mitad del partido ganamos de diez puntos, aunque las fuerzas flaquean y nos quedamos cuatro jugadores para todo lo que queda de partido. El rival se concentra en su estrategia al ver partir a uno de los nuestros mientras en nuestro banquillo se escucha, tiramos cuando queden diez segundos.
Empieza la segunda parte y ellos fallan, y mientras yo pienso que es bueno que ellos fallen nosotros metemos, y eso es mucho mejor que bueno. De repente tenemos un McGrady en el equipo que mete todo lo que tira, y llegamos a un pico de +16 o +18. Yo anoto una de mis bandejitas con la zurda y la defensa es espectacular.
El partido va muriendo y vemos, aunque no creemos, que sí, que vamos a ganar. Al final maquillan con un triple y ganamos de +14.
Y esta es la historia de cómo los Tomates Cósmicos ganaron un partido siendo cinco una parte y cuatro la segunda.