Ese día, nos levantamos temprano como de costumbre, y mientras nos preparábamos nos dimos cuenta de que estaba lloviendo. Eso para muchos era una desgracia. Para MacLeo y para mí molaba, era un desafío y así él podía estrenar su preciado poncho, que luego se convertiría en mítico. Pero no todavía, ya que para cuando salimos la lluvia había cesado. Cuando salimos todos fuera, nos despedimos de nuestro particular caído en combate, que por fin pudo obtener un alivio a su sufrimiento. Y así nos despedimos de Samos, en dirección hacia Sarria, que todo el mundo acentuaba incorrectamente, donde pararíamos para abastecernos probablemente.
Para ese día, harto de caminar deprisa sin ningún motivo, comenzamos a hacer grupeto Cipollini ya desde el comienzo, comandado por mí, con 64 de gregario, y normalmente acompañados de El Ciclista Segoviano y MacMac. La etapa de este día se hizo especialmente dura, con kilometrajes probablemente mal marcados, y llevando siempre referencias malas en este sentido. Terminamos los cuatro citados haciendo el grupeto, acabamos llegando juntos a Sarria, donde ya esperaban los demás. Allí comunicamos a Lulú que se le había caído la gorra, y que la había recogido una canadiense de mediana edad que justo iba a pasar ahora por allí. Lulú se apresuró a pedirle la gorra, mientras el despilporrio se formaba entre los demás, dado que por supuesto, era mentira, y la tenía Leo Messi.
Tras esta cómica escena, desayuné un buen croissant con un cola-cao calentito, mientras los demás hacían lo propio, unos con café, otros sin croissant, etc... El café sería importante poco tiempo después... Allí, desayunando, volvimos a coincidir con los catalanes, un grupo de cinco personas con los que habíamos coincidido en el albergue de Samos, y con los que mantendríamos un alegre y divertido pique ya durante todo el Camino de Santiago. Discutimos un poco sobre que alguno de los dos grupos hiciese más kilómetros puesto que no íbamos a caber todos en el mismo albergue, y tratamos de retrasarnos mutuamente por el mismo motivo.
Tras ésto, nos fuimos levantando todos los de nuestro grupo, para ir a comprar todo aquello que necesitábamos. Yo en particular acudí a la farmacia, donde quería comprar drojas, con las que mantener el nivel competitivo del Camino. Me compré una cremita para mis maltrechas rodillas, y nos arrejuntamos de nuevo para continuar, siempre formando el grupeto Cipollini. Y aquí fue donde entró en juego el café. El Ciclista Segoviano, totalmente dopado, empezó a marcar un ritmo demoledor con el que dejaba a todos atrás, a vacilar a las chavalas que se encontraba, y, en general, a mostrar una hiperactividad nada frecuente en él. Si no recuerdo mal nos encontramos con el grupo de chavales de un colegio de Valladolid, y nos grabaron en vídeo los japoneses (¿?) que les acompañaban.
La salida de Sarria la hicimos entre estos chavales, y charlamos amigablemente con una madre/monitora/encargada, que nos comentó la situación de los 120 chavales que conformaban el grupo.
La etapa no era nada fea, excepto algún tramo, pero se hizo especialmente dura, como ya he comentado. Íbamos cansados continuamente, con ganas de parar, avanzando lentamente. Una parada la hicimos en una fuente con el mítico muñequito del Xacobeo, por el que siempre he tenido un increíble aprecio. Allí repusimos agua, bebimos, y paramos unos minutos que sentaban de muerte, pero que luego provocaban unos minutos horribles al reemprender la marcha.
Anduvimos y anduvimos, y preguntábamos o buscábamos referencias de dónde estaba nuestro objetivo, Ferreiros, que tenía un albergue muy pequeñito, donde sólo cabían unos 17 o 19 peregrinos si no recuerdo mal. Nos dijeron que quedaban dos kilómetros, pero seguramente no era así. Y nosotros seguíamos caminando, asumiendo que rendirse no era una opción (Vetusta Morla), y pensando que el siguiente pueblo sería Ferreiros. Y así llegamos a un tramo precioso, en el que había que ir ascendiendo por unas piedras, ya que era una especie de camino-río. Había que ir en fila india, y había una persona mayor subiendo, así que eso sirvió de excusa para darme un respiro. Finalmente acabé por sobrepasarla pisando el agua con mis inalterables botas, y ya casi podíamos oler Ferreiros.
En ese momento, yo caminaba junto a mi amigo El Ciclista Segoviano, puesto que MacAttack y Soixante-Quatre se habían adelantado. Llegamos a Ferreiros, o eso creíamos, pero de repente vi un cartel que indicaba Ferreiros en dirección contraria. Un amago de infarto hizo que mi acompañante se descojonase de la risa de mí, pero era todo una farsa, y estábamos a escasos 20 metros del albergue donde los compañeros nos esperaban, y encima con sitio seguro. Poco después el albergue se llenaría, la suerte había estado de nuestra parte.
Estaba yo instalándome, habiendo escogido mi cama debajo de mi gran amigo 64, cuando vi que algo extraño pasaba con un señor de edad avanzada, unos 60-70. El caso es que me di cuenta de que sólo quedaban literas de arriba, y que buscaban una de abajo o se iban a ir a buscar otro albergue. Yo le cedí la mía al señor, que la quería para su mujer, y he de decir, que aunque me dieron las gracias, no noté ningún tipo de calor ni sentimiento en sus palabras, aunque claro que podría estar equivocado. Luego pude disfrutar de una de las mejores duchas de todo el Camino, si no la mejor, y tras ello me fui a comer, como de costumbre con 64, un menú al restaurante del pueblo.
Nos sirvió una amable camarera, que luego pasaría a formar parte de la historia del Camino de Santiago... Pero no todavía. Comí, si mal no recuerdo, macarrones con tomate de primero, excelentes, que para variar me copió 64, y de segundo un filete con patatas, buenísimo, como acostumbra la carne de Galicia. De postre creo que nuevamente helado, todo regado con una Coca-Cola. Después, fui al albergue para intentar dormir un rato.
Pero no fue por mucho tiempo. Pese a que Barbol no me molestaba (por cierto creo que le nombré en la anterior etapa y no le habíamos conocido todavía), puesto que dormía en silencio y armonía con la Naturaleza, el señor mayor antes nombrado sí que se ocupó de roncar, y entre eso y otras cosas, me costó conciliar el sueño, así que fui con la mayoría del grupo a ver el prólogo del Tour de Francia, en el que muchos ya apostaban por la mula Cancellara.
Y ahí llegó uno de los momentos graciosos del Camino de Santiago, en el que hubo un rato que no sabía dónde meterme. El caso es que llegó un señor mayor, y se sentó cerca de donde yo estaba. El señor tenía un fuerte acento gallego, y debía ser de la zona, y me preguntó que qué tal por Galicia, mostrándome las cosas buenas de la zona. Así, dialogando (cabe decir que a mí me gusta bastante Galicia), acabó por decirme que tenía que, por lo menos, irme a pasar los veraneos allí, y que me tenía que buscar una novia gallega para poder hacerlo. Y raudo y veloz, se apresuró a decirme que me iba a presentar a la camarera, haciendo caso omiso de mis intentos de que desistiese. Y allí que se armó el cachondeo padre, con todo el mundo participando de la situación, el señor dándole tarjetas con mi teléfono a la camarera y hablándola en gallego, y con MacJodoncillo azuzándole para que continuase. Muchos ratos ni yo ni la camarera sabíamos dónde meternos, y pese a que la gracia duró un buen rato, la cosa no fue a más y acabamos yéndonos cuando acabó el Tour, a pesar de que alguno abogaba por mamarse allí mismo.
La cosa no acabó ahí ese día. Todavía quedaban muchas risas. Cuando estábamos a la salida del albergue cenando tranquilamente, de repente vimos aproximarse a la muerte, lentamente. Quedamos paralizados del miedo, y se fue acercando y acercando, hasta llegar a escasos metros nuestros, y se puso a charlar de manera amistosa con la encargada del albergue. (La muerte también tiene amigos y habla con ellos). Y no contentos con eso, vino su marido con una carretilla, y empezó a arrojar cadáveres a la basura, y encima al contenedor amarillo, porque ya sabemos todos que esas cosas se reciclan. Tras vaciar su carga, nos invitó a "subirnos a la carretilla", cosa que declinamos entre carcajadas, a sabiendas de que subir ahí equivalía a morir sin duda.

Finalmente, mientras unos intentaban dormir, otros se deleitaban con una mozuela de bella sonrisa y gran personalidad, habiendo acabado ya otro día más del Camino de Santiago, y habiendo sobrepasado el mojón del kilómetro 100, el punto del no retorno.
4 comentarios:
omg como estaba la mozuela
por cierto he sido censurado en una foto W.W
"¡¡A mí no me lleve!!"
Uno de los mas grandes momentos del viaje, sin duda.
Grande.
La verdad es que el señor apareció en el momento justo...
No sé si mis relatos están decayendo en cuestión de calidad, o me da a mí la impresión. En cualquier lugar lo siento si a alguien no le gustan... :(
Bravo delegado, bravo.
abrazos desde salzburgo
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