martes, 20 de enero de 2015

Era el final del continente, todo se la sudaba a todo el mundo

Hoy he acabado En el camino de Jack Kerouac, y cuando lo he actualizado en mi aplicación Goodreads y puntuado con cuatro estrellas, he escrito una pequeña crítica que decía:

Llegó un momento que me atrapó por completo, podía sentir también yo esas ganas de vivir, esa eternidad dentro de cada fugaz instante. Tras una pequeña decepción con las primeras (bastantes) páginas, mejoró y mejoró hasta que despertó el Dean Moriarty que llevo dentro.

Y es verdad. Pese a que al principio estaba algo decepcionado, seguramente porque tenía grandes esperanzas en este libro, lo cierto es que finalmente ha conseguido conquistarme. Por las pocas críticas que he leído, creo que la gente se fija en detalles del libro que al final no son lo más importante aunque sí lo más evidente. Yo lo que creo es que Kerouac intenta transmitir esas ansias de vivir de las que hablaba antes, ese disfrute de la vida ya sean momentos álgidos o tristes, esa sensación de que la vida es maravillosa y que de alguna romántica manera es imposible aprovecharla del todo. Dean es todo aquello que muchas veces querríamos hacer pero no nos atrevemos, y no hablo de las, como comentaba, evidentes partes, como drogas, putas o abandonos, si no de aquellos impulsos que siente o esos trances en los que entra. Es difícil de explicar, pero yo creo que lo entiendo.

Mañana empezaré Picture this de Joseph Heller. Dejo la generación beat para, supongo, volver a encontrarme con el humor absurdo que Trampa 22 destilaba y Tan bueno como el oro acariciaba.


Por último, os dejo una entrega de Conversaciones reales que escuché el otro día en una aventura por el centro.

"Pero a ver. Es que tú eres un pivón, y él, muy guapo no es...".

jueves, 1 de enero de 2015

Con la botella

Había dejado de ponerle una banda sonora a su vida llevando los auriculares a todas partes, haciendo especiales las escenas más banales. En realidad a veces pensaba que era cosa de adolescentes, que llega un momento en que ya no lo haces. Quizá había cambiado y había tenido decepciones musicales que acabaron llevándole a ese silencio. Lo cierto es que a veces lo echaba de menos, y por eso aquella noche, sin testigos, se había puesto esa versión acústica en el móvil mientras volvía a casa con aquel punto de inspiración del que Bukowski habla en sus libros. Había sentido ganas de escribir, de dejarse llevar de nuevo rellenando el blanco con palabras que realmente tienen difícil significado para cualquiera que no fuese él. Estuvo a punto de levantarse y hacerlo, pero finalmente, el cansancio y la comodidad de la cama le hicieron perder la batalla. ¿Se lo hubiese podido permitir Charles?